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martes, 28 de junio de 2016

Biografía de Constantino

Constantino

Hacia 284 d.C., el Imperio Romano parecía abocado a la disolución. En los últimos 50 años se habían sucedido veintiséis emperadores, y sólo uno de ellos había fallecido de muerte natural; persas y bárbaros hostigaban constantemente, y con éxito, las fronteras norte y este; las pestes, la miseria y la anarquía presagiaban una rápida caída. En el 330, año de la inauguración de Constantinopla, la nueva capital imperial, el Imperio seguía unido, con las fronteras intactas y en paz. Ése fue el resultado de la labor titánica de dos hombres brillantes y enérgicos, que supieron entender los cambios que traía la historia: los emperadores Diocleciano y Constantino I, llamado el Grande.
Hijo de Constancio Cloro y de su concubina Elena, Cayo Flavio Valerio Aurelio Constantino nació en Naissus (la actual Nis, en Yugoslavia), un 27 de febrero de no se sabe qué año, aunque los historiadores no dudan en situarlo entre el 270 y el 288, en pleno período de «desgobierno militar» del Imperio Romano. Las reformas de Diocleciano intentaban estabilizar la situación mediante el nombramiento de dos emperadores o augustos y de sus respectivos sucesores (o césares). Su padre, Constancio Cloro, fue nombrado sucesor de Maximiano y se separó de Elena para contraer matrimonio con Teodora, hija adoptiva de su emperador.

Constantino el Grande
Constantino pasó la mayor parte de su infancia en los campamentos militares romanos acompañando a su padre. Cuando Constancio Cloro fue proclamado césar de los Alpes Occidentales en el 293, Constantino fue enviado a la corte del emperador Diocleciano, al que acompañaría en su expedición a Egipto del año 296. Educado con esmero en la corte de Diocleciano en Nicomedia (la actual Izmir, en Turquía), estuvo en contacto con los numerosos cristianos de la corte imperial y de las ciudades del este y fue testigo de excepción de la persecución que Diocleciano desencadenó en el 303 contra los cristianos.
Cuando en el 305 Diocleciano y Maximiano abdicaron por motivos de edad, el padre de Constantino, Constancio Cloro, fue nombrado augusto de la mitad occidental del Imperio; Galerio quedó al mando de la mitad oriental. La abdicación de Diocleciano y Maximiano llevaba consigo el ascenso de los césares a augustos o emperadores y la elección de nuevos césares, lo que obstaculizaba las expectativas de sucesión dinástica de los hijos de quienes habían ascendido a emperadores. La situación provocaría una compleja serie de guerras civiles.
Constancio quiso nombrar césar a su hijo Constantino, pero las intrigas de Galerio evitaron este nombramiento. A pesar de ello, Constantino logró el permiso de Galerio para viajar a Britania para reunirse con su padre. Y, tras la muerte de Constancio Cloro en Ebocarum (York), sus topas le proclamaron augusto en la misma ciudad el 25 de julio del 306. Pero Galerio se negó a confirmar su nombramiento como augusto, y Constantino hubo de aceptar el título de césar en el tercer gobierno de la Tetrarquía, mientras Severo era designado para el cargo de augusto. A Constantino se le permitió administrar las provincias asignadas a Constancio Cloro (Galia, Britania e Hispania). Finalmente sería reconocido augusto por el anciano emperador Maximiano, que había vuelto a la vida política, y con cuya hija Fausta contrajo matrimonio el 31 de marzo de 307. Habitualmente entre los historiadores se ha fijado este último año como la fecha en la que se produjo el inicio del reinado de Constantino I.
A finales del 308, Diocleciano, Maximiano y Galerio se reunieron en la Conferencia de Carnuntum, con la intención de poner en orden el caos político en el que estaba envuelto el Imperio. En ese momento había cinco augustos (los legítimos Galerio y Severo, y los usurpadores Constantino, Majencio y Maximiano) y un solo césar, Maximino Daya. Durante dicha conferencia se desposeyó del título de augusto a Constantino, quien se negó a aceptar la degradación y puso todo su empeño en hacerse con el control del Imperio. Lo primero que hizo fue reforzar su poder en Galia, Britania e Hispania. Tras frenar una invasión de los francos, consiguió derrotar a Maximiano en la Galia, quien fue entregado a Constantino por los oficiales de sus propias tropas.

La batalla del Puente Milvio
En el 312 invadió Italia, donde gobernaba Majencio, hijo de Maximiano y su principal rival para hacerse con el control del Occidente del Imperio. Las fuerzas de Constantino resultaron vencedoras en Turín y Verona. Las tropas de Majencio y Constantino se enfrentaron el 28 de octubre de ese mismo año en la batalla del puente Milvio, a las afueras de Roma; el enfrentamiento finalizó con la victoria para las tropas de Constantino. Majencio encontró la muerte al ahogarse en el Tíber en su huida y Constantino pudo adoptar el título de máximo augusto aunque su dominio sólo abarcaba el oeste del Imperio.
Según la tradición recogida por Eusebio de Nicomedia, el día anterior a la batalla del puente Milvio, Constantino vio en el cielo una señal: una cruz acompañada de la leyenda in hoc signo vinces (con este signo vencerás). Constantino, que probablemente profesaba una religión solar monoteísta, había mantenido contactos con el cristianismo y era consciente de la fuerza que ese credo tenía en el Imperio, lo que sin duda influiría en su política posterior. Para conmemorar esta victoria hizo construir en el 315 en el Foro de Roma el famosísimo Arco de Constantino, en el cual atribuyó la victoria sobre Majencio a la protección de la divinidad, sin especificar cuál. Posteriormente la historiografía cristiana calificó la victoria de Puente Milvio como la primera batalla ganada por un emperador romano gracias a la ayuda de Dios.
Esta victoria dejó a Constantino como único emperador de Occidente; así lo ratificaría el Senado, reconociéndolo como el emperador de mayor rango. Paralelamente la situación se normalizó también en Oriente, donde Licinio, con quien había firmado una alianza Constantino en la primavera del 313, en la que habían acordado repartirse el Imperio, consiguió derrotar a Maximino Daya. Con el fin de estrechar las relaciones entre ambos augustos Licinio contrajo matrimonio con la hermana del emperador de Occidente, Constancia.

Bodas de Licinio y Constancia
Licinio y Constantino promulgaron conjuntamente en el 313 el Edicto de Milán, por el cual se decretaba la libertad de cultos en todo el Imperio. Se reconoció a los cristianos el derecho a celebrar sus cultos y se restituyeron los bienes eclesiásticos. Constantino concedió a su vez importantes privilegios al clero cristiano, entrando muchos de ellos a formar parte de la administración de Roma, y participó decisivamente en los concilios de Arlés (314, contra el donatismo) y, muchos años después, en el de Nicea (325), que condenaría el arrianismo. Sin embargo, el hecho de que Arrio sostuviera que la divinidad de Dios Padre era superior a la de Dios Hijo (principio que permitía establecer diferencias de grados entre los hombres y justificaba que el emperador tuviera un rango más elevado que los demás humanos y fuera el intercesor de éstos ante Dios), propició que Constantino terminara por dar su apoyo a esta doctrina, que le iba a resultar de gran utilidad política en la construcción de un sistema de monarquía de derecho divino al estilo de la que se fraguó en Oriente.
En el 314 comenzaron las hostilidades entre Constantino y Licinio. El primero resultó vencedor en las batallas de Cibales y Adrianópolis. El tratado de paz que se firmó a continuación permitió a Licinio conservar Asia, Egipto y Tracia, aunque tuvo que entregar a su rival la mayor parte de sus posesiones en Europa. En el año 315 Constantino se invistió el consulado junto con su colega en Oriente, Licinio. Ese mismo año ambos lucharon conjuntamente en la frontera contra los godos y los sármatas; comenzó así entre ambos emperadores un período de colaboración que se prolongaría durante casi una década.

Estatua de Constantino en York (Inglaterra)
En el año 317 proclamó cesares a Crispo (hijo de su primera esposa Minervina), a su otro hijo Constantino, y a Licinio, sobrino suyo e hijo del augusto de Oriente. La colaboración con Licinio terminó abruptamente en el 323: Constantino atacó a Licinio con la excusa de la persecución que el emperador de oriente había desatado contra los cristianos, y acabó derrotándolo en Crisópolis, el 18 de septiembre del 323. Licinio fue desterrado a Tesalónica y ejecutado un año después; Constantino se convertía finalmente en el único emperador de Roma.
Al año siguiente se inició la construcción, sobre la antigua Bizancio, de la ciudad de Constantinopla, que pasaría a ocupar un lugar de privilegio en el Imperio. Un año después, el emperador concedió el título de augusta a Elena, su madre, y en el 326 se desarrolló un drama familiar que al parecer estuvo en el origen del viaje de Elena a Tierra Santa, donde se le atribuye el descubrimiento del Santo Sepulcro y la invención de la Vera Cruz: Fausta, la esposa de Constantino, consiguió que su marido mandara ejecutar a Crispo, primogénito del emperador habido de su anterior matrimonio con Minervina; poco después, Fausta fue acusada de adulterio y Constantino la hizo ejecutar. Tales condenas fueron acompañadas del asesinato de varios miembros de la corte, lo produjo una profunda ola de indignación entre la población de Roma.
El 11 de mayo del año 330 inauguró la nueva capital del Imperio, Constantinopla. La ciudad, que fue engalanada con monumentales edificios y obras públicas, ofrecía la ventaja de su situación excepcional, en la unión entre Asia y Europa. La mayor parte de las ciudades griegas fueron privadas de sus principales obras de arte para ser llevadas a la nueva capital; su Senado pronto sustituiría al de Roma. Entre el 332 y el 334 sostuvo una exitosa campaña contra los godos, a los que consiguió expulsar más allá del Danubio. En el 333 nombró césar a su hijo Constante, y, en el 335, a Dalmacio, uno sus sobrinos.

Muerte de Constantino
Pese a su defensa pública del cristianismo y a su intervención en los debates teológicos (probablemente su interés era fundamentalmente político), Constantino nunca había recibido el bautismo. En su lecho de muerte cambió sus ropajes imperiales por la vestidura blanca del neófito y fue bautizado por Eusebio, obispo de Constantinopla. Murió el 22 de mayo de 337, y fue enterrado en su iglesia de los Apóstoles en Constantinopla. Dejaba el Imperio repartido entre sus tres hijos, Constantino II el Joven, Constante I y Constancio II, y sus dos sobrinos, Dalmacio y Anibaliano, pero los conflictos entre ellos obligaron a que, después de su muerte, Constantino siguiera reinando nominalmente durante varios meses. Dalmacio se hizo con el control del área de Constantinopla y los Balcanes; Constantino II, el mayor de los hermanos, controlaba la parte occidental del Imperio, hasta Treveris; Constancio II era el dueño de la parte oriental hasta Antioquía, mientras que Constante se encargaba del gobierno de Iliria, Italia y África y finalmente otro sobrino, Anibaliano, gobernaba con el título de rey la parte oriental de Asia Menor.

Extraído de Biografias y Vidas. Todos los derechos a su nombre.
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© 2016 iLeMens

domingo, 26 de junio de 2016

Biografía de Walt Disney

Walt Disney

A pesar de los esfuerzos de sus biógrafos, un fondo de leyenda sigue aún planeando sobre la figura de Walt Disney. Un repetido rumor asegura que Disney era un emigrante europeo, probablemente español, que llegó a los Estados Unidos y que, más tarde, por temor a suspicacias, falseó su origen. También han sido mitificadas las circunstancias de su muerte: muchos creyeron que Disney había sido congelado con modernas técnicas de hibernación. Su cuerpo aún permanecería así con las constantes vitales suspendidas, a la espera de un futuro en que pudiese despertar y nuevos procedimientos quirúrgicos reparasen su salud.
Walt Disney

Pero la prosaica realidad es que el cadáver Disney fue incinerado por deseo de sus familiares. No ha de extrañar, sin embargo, toda esta mezcla de realidad y fantasía alrededor de quien pasó a la historia de la cultura occidental como uno de los más prolíficos, contradictorios e influyentes cultivadores de la imaginación infantil.
Walter Elias Disney nació el 5 de diciembre de 1901 en Chicago, Illinois. Cuarto de los cinco hijos que tuvieron Elias y Flora Disney, su infancia transcurrió entre apuros económicos y bajo la severidad de su padre, carpintero de profesión, que probó suerte en toda clase de negocios sin que nunca consiguiera mejorar su maltrecha economía. Eternamente menospreciado por su padre, Walt creció muy unido a su madre, una antigua maestra descendiente de alemanes, y a su hermano Roy, ocho años mayor que él.
En 1906, Elias Disney decidió empezar una nueva vida en una granja cerca del pequeño pueblo de Marceline, Missouri, donde Walt descubrió la naturaleza y los animales. También entonces nació su interés por el dibujo, que compartió con su hermana pequeña, Ruth. Elias Disney hacía trabajar tan duro a sus hijos en el mantenimiento de la granja que los dos mayores, Herbert y Raymond, decidieron dejar el hogar para instalarse por su cuenta otra vez en Chicago.
Los difíciles comienzos
La precaria situación en que quedó la familia con la marcha de los dos jóvenes empeoró en el invierno de 1909, cuando el padre contrajo fiebres tifoideas y la enfermedad le obligó a vender la granja y a trasladarse a Kansas City, Missouri, donde encontró un empleo como repartidor de periódicos, tarea en la que Roy y Walt le ayudaban. Ello supuso un menor rendimiento del pequeño Walt en la escuela, donde nunca fue un alumno aventajado. Pasados un par de años, Walt, que ocasionalmente ganaba algún dinero vendiendo sus caricaturas, se matriculó en el Instituto de Arte de Kansas City, donde aprendió las primeras nociones sobre la técnica del dibujo. En aquellos años de su adolescencia descubrió el cine, un invento que le apasionó desde el primer momento.
Durante la guerra fue conductor de ambulancias
(el dibujo en la lona es del propio Disney)

En 1917, cinco años después de que Roy Disney abandonara también el hogar paterno, Elias Disney se trasladó con su mujer y sus dos hijos pequeños de nuevo a Chicago, donde probó suerte montando una pequeña fábrica de mermelada. En la primavera de 1918, Walt, con sólo diecisiete años, falsificó su partida de nacimiento y se enroló como soldado en la Cruz Roja para combatir en la Primera Guerra Mundial. Llegó a Europa cuando ya había paz, pero estuvo destinado en Francia y Alemania hasta septiembre de 1919. Una vez licenciado, se fue a vivir con su hermano Roy a Kansas City, donde buscó empleo como dibujante.
Su sueño era convertirse en un artista del Kansas City Star, el diario que había repartido en su infancia, pero encontró trabajo como aprendiz en una agencia de publicidad, la Pesmen-Rubin Commercial Art Studio. Con un sueldo de 50 dólares al mes, en aquel empleo conoció a Ubbe Iwerks, un joven de su misma edad y excepcionalmente dotado para el dibujo, con el que entabló amistad. Cuando los dos se quedaron sin trabajo montaron su propia compañía, la Iwerks-Disney Commercial Artists. La empresa duró apenas un mes, ya que Walt prefirió aceptar un empleo seguro, aunque convenció a sus nuevos jefes para que contrataran a Iwerks. En aquel trabajo ambos aprendieron las técnicas, todavía muy rudimentarias, de la animación cinematográfica.
Disney trabajando en Laugh-O-Gram Films(1922)

Inquieto e innovador por naturaleza, Disney pidió una cámara prestada y montó un modestísimo estudio en el garaje de su casa, en el que con la ayuda de Iwerks y trabajando por las noches, produjeron su primera película de dibujos animados. El filme tuvo aceptación y consiguieron nuevos encargos hasta que Disney, que todavía no había cumplido los veintiún años de edad, convenció a Iwerks para que volvieran a probar suerte como empresarios con una compañía a la que llamaron Laugh-O-Gram Films. Con una producción basada en cuentos tradicionales, las cosas les fueron bien hasta que la quiebra de su principal cliente los arrastró también a la bancarrota.
A Hollywood
En 1923, después de intentar inútilmente remontar el bache, Disney emigró a Hollywood. La floreciente industria cinematográfica había convertido a Hollywood en una tierra de promisión. Disney creyó que con su experiencia como cámara obtendría trabajo de director, pero ningún estudio quiso contar con sus servicios, por lo que decidió volver a montar su propia empresa con su hermano Roy como socio. El 16 de octubre de 1923, la Disney Brothers Studio firmó su primer contrato importante, pero todavía insuficiente para hacer frente a sus dificultades financieras. Ya entonces, Walt puso de manifiesto lo que después sería una constante en su compañía: que era capaz de recurrir a cualquier estratagema para sacar el negocio adelante. En 1924, Ubbe Iwerks se unió a ellos y Walt pudo dejar de trabajar como animador para dedicarse al área para la que siempre estuvo más capacitado: la creación de personajes y argumentos y la dirección.
El 13 de julio de 1925, tres meses después de que su hermano Roy se casara, Disney contrajo matrimonio con Lillian Bounds, una joven empleada de su estudio, con la que tuvo dos hijas: Diane Marie, nacida el 18 de diciembre de 1933 cuando el matrimonio ya descartaba que pudieran tener descendencia, y Sharon Mae, a la que adoptaron en 1936. En la primavera de 1926, y después de haber tenido que cambiar de local porque la compañía crecía, los dos hermanos cambiaron el nombre de su empresa, que pasó a llamarse Walt Disney Studio. Pero el estudio sufrió un importante revés cuando su principal cliente se quedó con los derechos del conejo Oswald, un personaje creado por Disney que había protagonizado diversos cortometrajes.
El triunfo del ratón Mickey
Con la determinación de eliminar en lo sucesivo los intermediarios, Disney concibió durante un viaje en tren de Hollywood a Nueva York a Mortimer, un ratoncito rebautizado luego con el nombre de Mickey por sugerencia de su esposa y al que Iwerks dio forma. Así lo contó Disney, pero, en realidad, la paternidad de Mickey Mouse ha sido siempre motivo de polémica, y actualmente tiende a atribuirse el propio Iwerks. En octubre de 1928, cuando Disney buscaba distribuidor para las dos películas que había producido con Mickey Mouse como protagonista, se proyectó el primer filme del cine sonoro. Adelantándose a otros productores que creyeron pasajera aquella innovación, Walt se apresuró a incorporar el sonido a una tercera película de Mickey, Willie en el barco de vapor (1928). Buen imitador de voces y acentos, Disney hizo que el ratoncillo y su novia, Minnie, hablaran con su propia voz para abaratar costes. La película, estrenada el 18 de noviembre de 1928 en un teatro de Nueva York, obtuvo un rotundo éxito de público y crítica.


Fotograma de Willie en el barco de vapor (1928)
En 1929, con su excepcional sexto sentido para los negocios, autorizó que varias compañías reprodujeran en sus productos la imagen de Mickey Mouse, al que incorporaron guantes y zapatos blancos para evitar que manos y pies desaparecieran sobre fondos oscuros. El 13 de enero de 1930 empezó a publicarse una viñeta del popular personaje (con Disney como guionista e Iwerks como dibujante) en varios periódicos de Estados Unidos, y ese mismo año se editó un libro de dibujos de Mickey que fue reeditado en numerosas ocasiones.
Adicto al trabajo, para el que robaba muchas horas de sueño, Disney tuvo una seria crisis de salud que le obligó, a finales de 1931 y cuando el club de Mickey Mouse ya tenía un millón de miembros, a tomarse unas largas vacaciones con su esposa. De vuelta a Hollywood, se apuntó a un club deportivo donde practicaba boxeo, calistenia, lucha libre y golf. Poco después descubrió la hípica y, finalmente, el polo, del que fue un fanático durante el resto de su vida. Una afición que cultivó con tanta pasión como su fascinación por los trenes y las miniaturas.
Con Mickey Mouse como buque insignia de una compañía en alza, Disney creyó que no debía dormirse en los laureles ni aburrirse haciendo sólo películas del famoso ratoncillo, que en 1932 le supuso el primero de los Oscar que recibiría durante su carrera. Respaldado por un equipo de excelentes dibujantes e ilustradores, desplegó todo su espíritu creativo en la primera serie de sus Sinfonías tontas (1932). Realizados en technicolor, los diversos cortometrajes que componían esta producción significaron en su época un experimento sobre el uso expresivo del color. En noviembre de aquel mismo año, el estudio Disney se convirtió en el primero que tuvo su propia escuela de dibujantes y animadores.
Un año más tarde, el 27 de mayo de 1933, estrenó la sinfonía tonta que hacía el número treinta y seis y que iba a tener un éxito inesperado: Los tres cerditos. Sin pretenderlo, su famosísima canción ¿Quién teme al lobo feroz? se convirtió en un canto de esperanza para millones de norteamericanos que intentaban no ser devorados en la vida real por la Gran Depresión. En 1934, cuando su estudio contaba con 187 personas, nació el pato Donald, un personaje de carácter irascible y perverso, que vino a sumarse a los perros Pluto y Goofy.
Los largometrajes
Cuando ya se había hecho un nombre en la industria de Hollywood, Walt Disney emprendió una iniciativa arriesgada y sin precedentes: producir el primer largometraje de dibujos animados de la historia del cine. Blancanieves y los siete enanitos (1937) demostró no sólo que Disney y su equipo eran unos virtuosos de la animación, sino que los dibujos animados podían ser todo un género cinematográfico. La película recaudó cuatro millones de dólares, todo un récord para la época, pero dejó endeudado a Disney hasta 1961 por culpa de la amortización de los créditos que tuvo que pedir, ya que el presupuesto inicial de 500.000 dólares de la película había acabado triplicándose.
Blancanieves y los siete enanitos (1937)

En Blancanieves y los siete enanitos se utilizó por primera vez la cámara multiplano, capaz de sugerir profundidad de campo gracias a un ingenioso sistema de superposición de cinco láminas filmadas en un mismo plano para simular lejanía, y un nuevo sistema de technicolor. La película fue el primer ejemplo de que el cine de animación de la escuela Disney tenía un sólido procedimiento narrativo, en el que los personajes humanos eran descritos a partir de la «mirada» de los animales humanizados o de los seres fantásticos. También quedó patente en el filme el gusto de Disney por lo tenebroso y su estilo de sugerir más que de mostrar abiertamente el terror.
La década de los cuarenta fue un período de gran actividad en la Disney, caracterizado tanto por la consolidación del estilo iniciado con Blancanieves y los siete enanitos como por la contradicción que Walt sentía entre su tendencia artística a la innovación y al riesgo y la necesidad de atender a un mercado nada dado a las novedades y los experimentos. Reflejo de ello fue la tibia respuesta del público a las siguientes películas salidas de su «factoría» de sueños. Pinocho(1940), considerada como una de las piezas maestras del cine de animación por los críticos y en la que se invirtieron 2.600.000 dólares, fue un desastre comercial.
Lo mismo sucedió con Fantasía (1940), que costó 2.300.000 dólares. En ella dibujantes y animadores combinaron las evoluciones de los personajes de dibujos animados con la música de Stravinski, Dukas, Beethoven, Ravel, Bach o Chaikowski. Considerada una obra maestra por unos y una insultante caricatura de la música clásica por otros, Fantasía no fue la «obra total» que Walt Disney había imaginado y deseado. Estos fracasos comerciales abrieron una importante brecha económica en la empresa, paliada poco después por los éxitos consecutivos deDumbo (1941) y Bambi (1942).


Fantasía (1940)
Después del sketch sobre La danza de las horas, de Ponchielli, que codirigió con Norman Ferguson en Fantasía utilizando el seudónimo de T. Hee, Walt Disney abandonó el campo de la realización para dedicarse casi en exclusividad a la tarea de dirigir el incipiente imperio cinematográfico en el que se había convertido la empresa que tan modestamente había iniciado quince años antes. El 6 de mayo de 1940 finalizó la construcción de sus nuevos estudios en Burbank, que le granjearon el sobrenombre de «Mago de Burbank».
Diseñados por él mismo con el objetivo de facilitar el trabajo de sus empleados, aquellos estudios contaban con veinte grandes edificios, separados por calles a las que se les puso el nombre de sus personajes. La plantilla de la empresa rondaba los 2.000 empleados, a los que Disney exigía un alto nivel de creatividad y producción a cambio de salarios muy bajos, aunque nunca reparó en gastos a la hora de hacer sus películas y siempre llevó personalmente una vida privada sin lujos ni ostentaciones.
Anticomunista furibundo
El 10 de noviembre de 1940 empezó a colaborar con el FBI, después de que el entonces director de la agencia federal de investigación, J. Edgar Hoover, hubiera intentado en varias ocasiones reclutar al productor cinematográfico como agente para que le facilitase cualquier información o detalle sobre la presencia de elementos subversivos (comunistas, sindicalistas o anarquistas) en Hollywood. Sin embargo, los primeros devaneos políticos de Disney tuvieron un cariz más progresista y se remontaban a 1938, cuando se adhirió a la Society of Independent Motion Picture Producers, asociación de productores y cineastas independientes opuestos al dominio absoluto de los grandes estudios de Hollywood. Desde aquel grupo, que contaba con figuras como Orson Welles o Charlie Chaplin, Disney fue derivando hacia un ideario próximo al partido nazi norteamericano y a un sentimiento fuertemente antimarxista.
En 1941, un sindicato de ilustradores recién creado en su compañía amenazó al «Mago de Burbank» con ir a la huelga en demanda de mejores salarios. Disney pretendió evitar personalmente el conflicto dirigiendo un discurso a sus empleados, pero éstos, para estupor suyo, ya que concebía la empresa como una gran familia, no le dejaron pasar de las primeras frases. El 29 de mayo de aquel año, los estudios Disney quedaron casi paralizados por una huelga en la que participaron la mayoría de los trabajadores y que duró todo un año. El conflicto se saldó cuando la empresa aceptó que los trabajadores pudieran elegir libremente su sindicato, incluido el izquierdista Screen Cartoonists Guild.
Walt Disney en 1941

Los acuerdos que llevaron al final de la huelga fueron firmados por Roy Disney, ya que Walt se encontraba de viaje por diversos países de Sudamérica. De aquel largo viaje salieron varias películas destinadas básicamente al público latinoamericano. Entre ellas, Saludos, amigos (1943) y Los tres caballeros (1945), en las que combinó dibujos animados y actores de carne y hueso. En 1943, buena parte de sus mejores dibujantes le abandonaron para fundar la UPA (United Productions of America), donde nacería, entre otros, el miope personaje de Mister Magoo.
Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, en la que Disney había accedido a filmar para el gobierno estadounidense películas propagandísticas, dejó la presidencia de su compañía, cediéndole el cargo a su hermano Roy, pero sólo mantuvo unos meses aquella decisión y a finales de 1945 volvió a ocupar el sillón presidencial. Nada más volver, despidió a más de 400 empleados, asegurando que la empresa pasaba por una crisis y tenía que cumplir el acuerdo concertado con la Screen Cartoonists Guild de conceder el aumento salarial del 25% a los dibujantes.
Reafirmado en su antimarxismo y colaborador del FBI hasta su muerte, Disney se comprometió a abortar todo elemento que atentara contra la nación norteamericana en la reunión celebrada el 24 y el 25 de noviembre de 1947 en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York, que culminó con la llamada Declaración Waldorf, en la que muchos productores cinematográficos se comprometieron a colaborar con la Comisión de Actividades Antiamericanas en la «caza de brujas».
En agosto de 1948 hizo un viaje con su hija Sharon para filmar imágenes en Alaska, y con el material realizó la serie de cortos titulados Aventuras de la vida real. Su hermano Roy se opuso al proyecto (para entonces estaban ya tan distanciados que sólo se veían después de pedir cita a sus respectivas secretarias) y auguró un incierto destino a este tipo de documentales. Se equivocó, ya que el primero de ellos, titulado La isla de las focas (1948), no sólo resultó rentable, sino que fue premiado con un Oscar en la categoría de cortometrajes.
Prácticamente finalizada la década de los cuarenta, Disney recibió una interesante propuesta de Howard Hughes: un crédito sin intereses de un millón de dólares a cambio de su ayuda en un terreno (el sector cinematográfico) que el multimillonario tejano no conocía y en el que quería invertir. Con aquel dinero, Disney puso en marcha 18 nuevos proyectos, entre ellos Cenicienta (1950), Alicia en el país de las maravillas (1951) y Peter Pan (1953). Tras una costosísima incursión en el cine futurista con 20.000 leguas de viaje submarino (1954), volvió a proyectos más baratos y que sintonizaran con el orgullo de ser norteamericano. Para entonces, su compañía ya no era la reina de los dibujos animados. La Warner Brothers empezaba a hacerle una seria competencia con la estrella de su serieLooney Tunes, Bugs Bunny. Aquel conejo era el contrapunto del cándido, apolítico y asexuado Mickey Mouse, que a principios de los años cincuenta vivió sus momentos más bajos de popularidad, aunque siguió siendo el personaje preferido de Disney y el emblema de su imperio.
Disneylandia
En 1953, después de ganar un nuevo Oscar al mejor documental con El desierto viviente, inició conversaciones con la cadena televisiva ABC para ceder la emisión de sus películas al nuevo invento. A diferencia de otros productores de Hollywood, que la consideraban una amenaza, Disney creyó que la televisión era un excelente medio de difundir sus productos. Un año después inició la realización de filmes específicamente para televisión, la parte de su producción artística más denostada por los críticos. Críticas que también le lloverían años después con Mary Poppins(1964), su primer largometraje con sólo actores reales. Pero a Disney no le importaron, porque esas películas le daban el dinero que necesitaba para hacer realidad un proyecto que acariciaba desde hacía tiempo: construir un enorme parque de atracciones basado en sus personajes.


Disney y Von Braun (1954)
Adicto al trabajo y perfeccionista, el productor cinematográfico diseñó hasta el último detalle de Disneyland, que abrió sus puertas el 17 de julio de 1955 en Anaheim, California. Este parque, con una extensión de 120 hectáreas, costó 17 millones de dólares, y Main Street USA, su calle principal por donde transitaban cientos de actores disfrazados de personajes, recreaba a la perfección la calle mayor de Marceline, el pueblo donde vivió su infancia Disney, que aquel verano de 1955 ya era abuelo del primero de los diez nietos que tuvo.
Multimillonario y galardonado con veintinueve Oscars, en la década de los sesenta se había consolidado como uno de los personajes más conocidos y queridos de todo el mundo, pero su salud flaqueaba, y todo su imperio entró en una lucha por la sucesión. Fumador empedernido y aficionado al alcohol, murió el 15 de diciembre de 1966 en Los Ángeles, California, víctima de un cáncer de pulmón, después de haber supervisado los esbozos de Disney World, parque temático al estilo de Disneyland pero más enfocado hacia los adultos, que abriría sus puertas en 1971 en Orlando, Florida (en 1983, la compañía inauguró en Japón el Tokio Disneyland y en 1992 abrió sus puertas el Euro Disney de París).
El «Mago de Burbank» había fallecido sin llegar a ver terminado El libro de la selva(1967), la segunda película más comercial de Disney desde los tiempos deBlancanieves y que dirigió Wolfgang Reitherman, quien asumió la producción de los largos de animación disneyanos hasta 1981. Después de años de mucha producción y pocos éxitos destacables, los estudios Disney volvieron a ser los reyes del género de dibujos animados con La bella y la bestia (1991), Aladdin(1992) y El Rey León (1994). Con el fallecimiento de Disney, entraba en la leyenda uno de los nombres fundamentales de la cultura popular del siglo XX. Con variada fortuna, tratarían de sustituirle figuras tan dispares como su hermano Roy O. Disney, su sobrino Roy E. Disney y su yerno Ron Miller. Pero sólo el productor ejecutivo Michael Eisner demostró ser un digno sucesor suyo.
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miércoles, 18 de mayo de 2016

Biografía de Mahoma

Mahoma

El estudio de la vida de Mahoma se basa en los hadices (narraciones que forman la tradición musulmana) que, reunidos en la Sira de Ibn Ishak (mediados del siglo VIII) y modificados por Ibn Hisan a comienzos del siglo IX, constituyen la biografía oficial del Profeta. El Corán ofrece datos interesantes para conocer su pensamiento, pero es muy pobre en lo referente a su vida. Al igual que ocurre con otros fundadores de grandes religiones (Buda, Jesús, Confucio), sólo se conocen a grandes rasgos las etapas anteriores al momento de iniciar la predicación de su doctrina. No hay duda de que Mahoma nació en La Meca, en aquellos tiempos una pequeña localidad rodeada de desierto en la parte occidental de la península Arábiga, a pocos kilómetros del mar Rojo. Pertenecía al clan Hasim, de la tribu de los Quraish, y su padre, Abd Allah, murió antes de que él naciera, por lo que el huérfano fue acogido por su abuelo Abd al-Mutalib, jefe de los Hasim.
Retrato imaginario de Mahoma

Los primeros años los pasó con su madre, Amina, una mujer de otro clan que, siguiendo la costumbre, y para salvaguardarlo de los rigores del verano de La Meca, lo mandó al desierto, donde lo crió una nodriza beduina. Estas nodrizas se acercaban a La Meca dos veces al año, en primavera y otoño, para criar a los recién nacidos de familias ricas. Mahoma fue criado por Halima, esposa de un pastor saudita, que sintió pena al verlo tan desvalido; el niño quedó huérfano de madre a los seis años de edad. Pronto le faltó también el abuelo y recibió el amparo de su tío Abú Talib, mercader y guardián de la Kaaba que disfrutaba de rango sacerdotal. Mahoma tuvo a su primo Alí como compañero de sus juegos de infancia.
Contaba doce años de edad cuando se enroló por primera vez en la caravana de su tío, tomando a su cargo el cuidado de los camellos. En su primer viaje a Damasco tuvo ocasión de contactar con los cristianos nestorianos, secta condenada en el Concilio de Éfeso por negar el dogma de la Santísima Trinidad y el carácter divino de la maternidad de María. Según la leyenda, el monje Bahira descubrió en el niño los indicios de la profecía y previno a sus familiares para que lo protegieran de los judíos.
Con su tío, Mahoma llegó a adquirir gran experiencia en la conducción de caravanas por el desierto, pero la falta de recursos le impidió independizarse. A los veinticinco años se casó con Jadicha, una viuda rica que, antes de contraer matrimonio, le puso a prueba enviándole con una de sus caravanas a Siria. Jadicha tenía alrededor de cuarenta años y le dio cuatro niñas y dos niños. Los varones murieron de forma prematura. Algunos autores ven en este hecho la causa de la simpatía de Mahoma hacia los niños, con los que solía jugar.
Gracias a este matrimonio, pudo dedicarse a su oficio y hacer buenos negocios; Jadicha, por su parte, se distinguió también por ser una formidable compañera. Mientras vivió Jadicha, Mahoma no tomó a más mujeres como esposas; más tarde contaría incluso con un harén, aunque en todos los casos se trató de matrimonios por razones políticas. De los quince años que siguieron a esta unión no se sabe nada. Fue un periodo durante el cual fue conocido como un hombre recto y fiel, dedicado a sus negocios, pero excluido de los principales círculos comerciales.
Las revelaciones
Hacia el año 610 Mahoma tuvo las primeras revelaciones. Tenía por costumbre retirarse a orar y a meditar en una cueva del monte Hira, y en ocasiones solía pernoctar allí una o dos noches. En una de las primeras ocasiones tuvo la visión de un ser glorioso que en un primer momento identificó como Dios, y en otra visión posterior pensó que se trataba del arcángel Gabriel. Este ser glorioso le conminó a escribir el Corán. Las revelaciones divinas se repetirían a lo largo de su vida con cierta frecuencia, y tanto Mahoma como sus discípulos se las aprendían de memoria.
Como el soporte material de la escritura era raro en la zona, se cuenta que, tras la muerte del profeta, su secretario encontró pasajes del Corán escritos en trozos de papel, hojas de palma, piedras, omóplatos, costillas y pedazos de cuero. La versión definitiva que se conoce del Corán, es decir, la que reúne la totalidad de revelaciones que recibió Mahoma, es posterior al año 650, veinte años después de la muerte del profeta. Algunas veces las revelaciones le producían ciertas reacciones físicas: sentía dolor y percibía un fuerte sonido, como de repicar de campanas; a veces, en días de frío, los acompañantes veían cómo gruesas gotas de sudor caían por su frente, mientras tenía lugar la revelación.
El arcángel Gabriel y Mahoma

Mahoma empezó a predicar su doctrina tres años más tarde, hacia el 613. Entretanto se habían producido las primeras conversiones. Su mujer Jadicha fue la primera y le apoyó en los momentos de crisis al experimentar las primeras visiones; ella y particularmente Waraqa le convencieron del carácter profético de tales experiencias. Algunos testimonios dicen que el primer varón converso fue el liberto Zaid ibn Harita, mientras que otros apuntan que fue su primo Alí. Entre los primeros que se convirtieron se contaba su amigo y también mercader de La Meca Abu Bakr, quien prestó gran ayuda al Islam, especialmente cuando ya se había constituido el Estado islámico. En las listas que se conservan de los primeros seguidores de Mahoma se puede ver que la mayoría eran jóvenes pertenecientes a las familias más influyentes de La Meca. Sin embargo, cuando Mahoma empezó a divulgar su doctrina, estas familias habían sido desplazadas por una nueva clase social surgida de la prosperidad comercial de la ciudad, que plantearía una viva oposición al profeta.
En sus predicaciones, Mahoma se inclinaba hacia un monoteísmo basado en la creencia en un Dios lleno de bondad y todopoderoso, que juzgará a cada uno según su actuación; el hombre debe mostrar gratitud a Dios y reconocer su dependencia respecto a él. El reconocimiento de la omnipotencia divina se contrapone a la actitud de los grandes mercaderes, convencidos de que su riqueza se lo permite todo; para Mahoma la vida del hombre había de basarse en hacer lo necesario para alcanzar el paraíso. La generosidad y el respeto a los débiles eran los puntos esenciales en que insistían sus primeras predicaciones.
Inicialmente, pues, el islamismo se presentó como una continuación del cristianismo y del judaísmo, religiones que Mahoma conocía. Con la predicación pública se iniciaron las críticas hacia el monoteísmo profesado por Mahoma, y pronto tuvo lugar una primera confrontación con los árabes politeístas. El Dios único de Mahoma se podía adorar en la Kaaba (edificio de La Meca construido, según el Corán, por Abraham, y que contiene la piedra negra que Gabriel le dio a Isaac), pero no así en otros tres santuarios consagrados a otros dioses y diosas en los alrededores de la ciudad. Pero no parece cierto, como se ha afirmado, que la oposición a Mahoma partiera de los grandes mercaderes por miedo a que, al desaparecer los ídolos, decayera la actividad comercial. La Kaaba, el santuario de La Meca, seguía siendo el santuario por antonomasia y la desaparición de los ídolos no habría perjudicado más que a un reducido grupo de mercaderes que se habían instalado en las proximidades de la ciudad y habían creado allí nuevos santuarios, cuyos cultos fueron condenados expresamente por Mahoma.
Predicación de Mahoma en La Meca

Las razones de la enemistad creciente de la oligarquía comercial de La Meca hacia el Profeta hay que buscarlas en los ataques de Mahoma al modo de vida de los ricos, en la negación de su omnipotencia y, sobre todo, en la posibilidad de que la predicación diera a Mahoma una personalidad política suficiente para ponerle al frente de la ciudad en un futuro más o menos próximo. Ello podría perjudicar a los principales mercaderes que, de hecho, imponían sus puntos de vista y gobernaban la ciudad gracias a su riqueza, a su experiencia comercial y a su pertenencia a los clanes superiores, a pesar de que La Meca estuviese regida por una asamblea integrada por los jefes de todos los clanes. La creciente importancia de Mahoma ponía en peligro sus prebendas. De ahí que Abu Chahl, uno de sus más feroces enemigos, intuyera el peligro político que suponía Mahoma.
En un principio, las presiones de Abu Chahl consistieron en no pagar deudas legítimas a aquellos musulmanes que no gozaban de la protección de ningún clan o pertenecían a clanes débiles; más tarde intentó que Abu Talib, tío de Mahoma y jefe del clan al que pertenecía el profeta, prohibiera a Mahoma la proclamación de la nueva fe. Abu Talib no aceptó porque habría sido deshonroso para su clan negar la protección a uno de los suyos y porque la nueva fe estaba de acuerdo en líneas generales con su política, contraria a los monopolios comerciales establecidos por los ricos mercaderes surgidos al calor de la nueva prosperidad comercial.
En el año 619 murieron su tío y protector Abu Talib y su fiel esposa Jadicha. Su segunda esposa fue Sawda, viuda que se contaba entre las primeras conversas. Parece ser que Mahoma contrajo este matrimonio para evitar que Sawda lo hiciera con alguien de fuera del grupo. La jefatura del clan de los Hasim fue ocupada por el otro tío de Mahoma, Abu Lahab, que por intereses personales, y al parecer también por presiones de Abu Chahl, terminó retirando la protección al profeta.
Mahoma hubo de buscar refugio en la vecina ciudad de Al-Ta'if, e intentó poner a sus habitantes en contra de La Meca. No alcanzó su objetivo, e incluso fue apedreado por la multitud. Regresó a La Meca clandestinamente y obtuvo la protección de uno de los clanes, pero sus actividades proselitistas se vieron limitadas. Durante ese tiempo, Mahoma intentó aliarse con varias tribus nómadas que por aquel entonces se hallaban en las cercanías de La Meca con motivo de alguna fiesta religiosa, pero tampoco tuvo éxito en sus negociaciones.
La hégira
Con motivo de la peregrinación a la Kaaba del año 620, Mahoma entró en contacto con seis ciudadanos de Medina que quedaron impresionados por su personalidad y pensaron que podría serles útil. Se dice que, al año siguiente, estos mismos peregrinos, que representaban a la mayor parte de clanes de Medina, prometieron a Mahoma aceptarle como profeta y obedecerle. Este acontecimiento fue bautizado con el nombre de Primer Juramento de Al-Aqaba. Mahoma envió por delante a uno de sus hombres para que predicara su doctrina y a la vez le informara de la situación política en aquella ciudad. La emigración (hégira) a Medina se efectuó por grupos escalonados para no llamar la atención. Los últimos en partir fueron Mahoma, su amigo Abu Bakr, su primo Alí y algunos de sus familiares. El calendario islámico cuenta los años a partir del 16 de julio de 622, fecha de la hégira.
En los primeros meses de su estancia se redactó la Constitución de Medina. Sus partidarios de La Meca y los miembros de ocho clanes de Medina, convertidos al islamismo, formaron una comunidad dirigida por Mahoma, que impuso en ella algunas de las normas tradicionales de la vida nómada: solidaridad, venganza de la sangre, aceptación de las decisiones del Profeta en materias reveladas y entrega a éste de un quinto del botín. Lograr que la identidad de creencias estuviese por encima de la tribu fue el primer éxito de Mahoma, éxito que tendrá profundas repercusiones políticas por cuanto la nueva comunidad no se conformará con las leyes, costumbres y tradiciones urbanas impuestas por la aristocracia, sino que se dará sus propias normas emanadas de Alá, el Dios único, a través de su profeta Mahoma, que de la condición de enviado a una tribu o grupo particular, La Meca, ha pasado a Profeta y dirigente de una comunidad en la que tienen cabida cuantos acepten la fe.
En abril de 623 Mahoma consumó el matrimonio, celebrado dos años antes en La Meca, con la hija de Abu Bakr, Aisha, de nueve años de edad. Ese mismo año se iniciaron las correrías contra las caravanas mequíes. En el mundo árabe de aquel entonces era muy frecuente y estaba considerado casi como un deporte y también como un medio de vida. Se trataba de un simple acto de pillaje en el que no había derramamiento de sangre, salvo en contadas ocasiones; para evitar la violencia se solía pagar una indemnización. Sin embargo, en 624 hubo ya un primer muerto en el bando mequí, durante el mes sagrado de la peregrinación, cuando se observaba una rigurosa tregua.
El arcángel Gabriel y Mahoma en la batalla de Badr

La escaramuza más importante tuvo lugar el 15 de marzo de 624 en la batalla de Badr. Trescientos hombres de Mahoma derrotaron a una gran caravana, custodiada por novecientos hombres, en la que tenían intereses la mayoría de comerciantes de La Meca. En la refriega pereció Abu Chahl y otros jefes principales de La Meca. Se cobraron, además, importantes rescates por los prisioneros, aunque Mahoma perdonó a aquellos que no podían satisfacerlos. La historia oficial elevaría hechos como éstos a la categoría de victoriosas batallas.
Los éxitos militares de los creyentes terminaron por anular el comercio de La Meca, y sus dirigentes aceptaron a Mahoma para salvaguardar sus intereses mercantiles. Las tribus de beduinos se sometieron igualmente a una doctrina que coincidía con las costumbres por ellos practicadas. Mahoma se apoderó de La Meca en el año 631, destruyó los ídolos y decretó una amnistía general. Tras sucesivas batallas logró someter a toda Arabia en el 632. Al paso de las tropas se producían conversiones masivas más o menos sinceras. Mahoma había convertido a las belicosas y dispersas tribus árabes en un pueblo unido que tras su muerte se embarcaría en una expansión sin precedentes.
Última peregrinación de Mahoma a La Meca

Ese mismo año Mahoma en persona dirigió la peregrinación a La Meca, que se había convertido ya en un rito exclusivamente musulmán. El 15 de marzo del 632, aquejado de fiebres y fuertes dolores de cabeza, murió con el rostro apoyado en las rodillas de su joven esposa Aisha. Su suegro y amigo, Abu Bakr, sucedería al profeta en el califato.
El estado islámico
Los códigos elaborados durante los años pasados en Medina se ampliarían con las revelaciones de tipo socioeconómico y político necesarias para regir y administrar la comunidad de los creyentes y a cuantos, sin convertirse a la nueva fe, aceptaron a Mahoma como jefe. Muchas de las disposiciones respondieron a situaciones específicas y adquirieron valor general siempre que Mahoma las considerase aptas para la comunidad. Entre estas normas abundan las de carácter igualitario y las destinadas a proteger a los débiles, que no se limitan a declarar iguales a todos los creyentes y a formular la necesidad de atender a los necesitados, sino que aportan soluciones concretas a los problemas.
Durante la estancia en Medina, los emigrados (con este nombre se conoce a los partidarios de Mahoma huidos de La Meca) carecían de recursos y para atender a sus necesidades se instituyó la limosna legal (zakat). Esta limosna, medio práctico de nivelar a los que nada poseen con los que disponen de bienes suficientes, se transformó más adelante en impuesto obligatorio y único para los musulmanes; los no convertidos (sólo se acepta como tales en los territorios dominados por la comunidad a los cristianos y judíos) pagarían además un impuesto personal y otro territorial. Otra de las fuentes de ingresos del Islam procede del botín, del que se reserva la quinta parte el jefe de la comunidad, que dispone igualmente de las tierras conquistadas por los creyentes durante la guerra santa.
El origen de la última práctica es complejo: Mahoma considera que él ha sido elegido por el Dios único, Alá, no para predicar una nueva fe, sino para restablecer, como último de los profetas, la pureza de la religión dada a Abraham; el Islam no se opone por tanto ni al judaísmo ni al cristianismo, sino que a su criterio las supera. Esta actitud religiosa, unida al hecho de que en Medina existían poderosos clanes judíos (el número de los cristianos era exiguo), hizo que Mahoma intentara atraerse a los judíos e hiciera concesiones tales como ordenar que la plegaria fuera hecha mirando hacia Jerusalén. Pero sus planes conciliadores fracasaron, los hebreos se opusieron a la comunidad, tanto en lo religioso como en lo político, y colaboraron con los habitantes de La Meca, hasta que Mahoma decidió expulsarlos de Medina, entregar sus tierras a los emigrados y ordenar que la plegaria fuese hecha desde entonces en dirección a La Meca, donde se hallaba el santuario construido por Abraham; a partir de este momento, se consideró que las tierras conquistadas pertenecían al dirigente de la comunidad, que podía establecer en ellas a quien deseara.


Mahoma dirigiendo la destrucción de los ídolos
de la Kaaba tras apoderarse de La Meca

El contenido de la fe se basaba en la creencia en Alá como Dios único, todopoderoso y eterno, creador y dueño de todas las cosas. La creencia en Alá va acompañada de la creencia en los profetas (de los que Mahoma es el último), en los ángeles, en los libros sagrados (de los que el Corán es el último y el único necesario), en la resurrección y en la predestinación. Los que pertenecen al Islam deben hacer la profesión de fe, recitar las plegarias cinco veces al día, pagar la limosna legal, cumplir la peregrinación a La Meca una vez en la vida y ayunar durante el mes de Ramadán. Otra de las obligaciones del musulmán, la guerra santa, no es aceptada por los juristas, pero sí será ampliamente utilizada por el poder civil basándose en las expediciones y guerras dirigidas por Mahoma durante su estancia en Medina.
El carácter muchas veces "local" o de "circunstancias" de las revelaciones contenidas en el Corán lo hacía insuficiente para regular las numerosas cuestiones de gobierno, administración y justicia planteadas a los musulmanes tras la muerte de Mahoma, por lo que las revelaciones del libro sagrado se completaron, no en el aspecto religioso, pero sí en los demás, con la Sunna, o conjunto de tradiciones relativas a la conducta del Profeta; juntos, el Corán y la Sunna forman la ley religiosa que está en la base del derecho, de la organización, de la vida social y de la vida económica de los musulmanes. La aceptación de una u otra lectura del Corán, o de determinados relatos de la Sunna, y el modo de interpretar una y otros, tienen por tanto una gran importancia en la historia de los musulmanes, en la que religión y política, en su sentido más amplio esta última, están íntimamente unidas, al menos durante los primeros siglos del Islam.
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